De ruta por los valles del Pirineo Catalán: Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici

La tercera mañana del viaje tardamos más en salir de la casa que ningún otro día. La noche anterior nos habíamos quedado quizás hasta demasiado tarde charlando, riendo, viendo la tele y preparando la carne picada para los spaghetti del día siguiente, cosas normales de unas vacaciones por otro lado. Diría también que el frío de la mañana pirenaica y el cansancio acumulado de los dos días anteriores impidieron a mis compañeros de viaje levantarse con más ahínco, pero la realidad aquel tercer día es que se hizo caso omiso a mis constantes y fervorosas súplicas de que se levantaran a desayunar, pasaran al baño y se alistaran para irnos. En este momento que me siento especialmente tremendista, diré que aquella mañana desataría una avalancha de malos sucesos con consecuencias catastróficas para la unión del grupo y el desempeño del viaje. Pero vayamos por partes:

Finalmente, pasadas las 11 y media de la mañana, salimos de Ribera de Cardós de nuevo para Llavorsí y hacia el norte por la carretera comarcal 28. A unos 10 kilómetros, llegando al Embalse de la Torrassa, pasada la Central Hidroeléctrica y junto a la estación de servicio del mismo nombre, tumbamos a la izquierda y tomamos el ramal LV-5004 en dirección al pequeño pueblo de Espot, el considerado como puerta de entrada a la zona oriental del espectacular Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, el cual teníamos intención de visitar aquel día. La carretera, nuevamente estrecha, zig-zagueaba por la ladera de la montaña resiguiendo el riachuelo Escrita y su fugaz e increíble catarata; hay que estar atento para no perdérsela. Aquella mañana, no éramos los únicos en la carretera y tardamos unos veinte minutos en recorrer ese tramo de 7 kilómetros hasta la entrada del pueblo.

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Embalse de la Torrassa

Kilómetro 488. Espot. Nada más llegar, aparcamos en el estacionamiento de tierra junto a la vía principal, el cual yacía atestado de coches. Mala señal. El ambiente en el pueblo no era mucho más relajado: algunos visitantes hacían cola en la Oficina de Taxis Espot para comprar un asiento en los flamantes – y carísimos – todoterreno plateados que les conducirían cómodamente hasta la misma base del Estany de Sant Maurici. Otros, más aventureros y equipados con mochilas, cantimploras, sacos de dormir y palos de trekking, se encaminaban a pie hacia el interior del parque para probablemente pasar la noche en alguno de los refugios. Nosotros nos decantaríamos por una opción intermedia: había leído que era posible adentrarse unos 4 kilómetros en el área natural hasta un parking gratuito y desde allí iniciar la ruta senderista hasta el Estanque. Dayana y yo nos bajamos del coche y fuimos a la Caseta del Parque Nacional para acabar de informarnos. Uno de los porqué debimos haber madrugado esa mañana se materializó en aquel momento: el chico de recepción nos confirmó que sí, efectivamente existía esa opción pero que aquel parking interior del único Parque Nacional de Catalunya tenía capacidad para “sólo” 400 automóviles y que solía llenarse entre las 8 y las 9 de la mañana (anótese para la próxima). A aquellas horas que estábamos, prácticamente mediodía, ya estaba lleno. La segunda opción que se nos sugirió y que descartamos inmediatamente, pasaba por subir caminando hasta dicho parking y ya continuar subiendo desde allí hasta el lago.

No nos lo dijo directamente pero imagino que era bastante obvio: aquella mañana ya no podríamos visitar el Estany de Sant Maurici. Tampoco había que dramatizar, el viaje no había sido planeado al milímetro precisamente para poder ir improvisando sobre la marcha y teníamos tiempo de sobra para volver, pero aún así, no podía dejar de pensar que si tan sólo me hubieran hecho un poco más de caso…

Acto seguido, nos acercó un mapa desplegable del mostrador y nos empezó a señalar con bolígrafo otros puntos interesantes del Parque y cómo acceder a ellos. Más allá del famoso Sant Maurici, el valle estaba repleto de cientos de otros pequeños lagos glaciares, montañas, robledales y hayedos y decenas de senderos igualmente bellos y mucho menos frecuentados. Para llegar hasta la gran mayoría había que coger el coche de nuevo, volver a la comarcal y conducir unos cuantos kilómetros más, por eso, nos decantamos rápidamente por la única otra ruta que empezaba en Espot: La Ruta del Estany Negre. Avisados quedábamos, por eso, se trataba de uno de los senderos con más pendiente y dificultad de todo Aigüestortes. Oh y si hiciéramos caso a las advertencias…

Propusimos la idea al resto del grupo. Con la boca y el corazón aceptaron la proposición, creo que querían compensarme en cierto modo por no haberme hecho caso antes, pero sus miradas realmente reflejaban duda y resentimiento. Mi error fue no darme cuenta de ello en aquel momento y querer forzar la marcha. Ya subiendo por las callejuelas de piedra hacia el Camping la Torre, donde se iniciaba el sendero, algunos empezaban a quedarse atrás y suspiraban con desánimo. Hicieron falta solamente dos cientos metros del ya empinadísimo sendero del Estany Negre bajo un sol abrasador de mediodía para pararnos en seco y decidir que, por varias razones, no estábamos preparados para ese camino y que teníamos que dar media vuelta.

El camino de bajada al aparcamiento lo hicimos en silencio. En mi mente argüía conmigo mismo sobre aquel conflicto: por un lado estaba bastante enfadado porque habíamos desaprovechado una mañana preciosa y habíamos ido dando tumbos de un lado para otro sin sentido alguno, pero por el otro, claro, entendía a mis compañeros y sabía que no era justo simplemente culparlos por todo lo sucedido. Entrando de vuelta en el coche, los nervios se habían empezado a diluir y pudimos volver a abrir el mapa y acordar un nuevo destino para intentar no echar a perder el día del todo.

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Inicio del sendero de l’Estany de Gerber

Km 516. Aparcamiento Gerber-Peülla, Port de la Bonaigua. Unos pocos minutos más tarde de la 13:30, habiendo subido por tercera vez en aquel viaje el Port de la Bonaigua, después de dejar el coche bien estacionado y con ánimos renovados tras reírnos un rato de la situación, comenzamos el sendero de l’Estany de Gerber. La ruta escalaría hacia las montañas en una progresiva pendiente, que no llegó a ser en ningún momento exagerada y que dejaría atrás poco a poco el refugio de los abetos para dar paso a un paisaje de piedra gris y matorrales alpinos. 45 minutos más tarde llegamos a la base del primero de los lagos, donde aprovechamos para hacer un alto en el camino y sentarnos medio incómodamente en una roca a disfrutar de nuestro tupper de spaghetti. Tras el merecidísimo descanso, habríamos de continuar subiendo y cruzarnos con dos pequeños lagos más antes de llegar a nuestra meta final. El paisaje avanzaría bello y desolador en su inmensidad a medida que ascendíamos, como lo harían también los rayos del sol que decidió apretar con una inusual fuerza aquel miércoles de agosto; tanto, que nos vimos obligados a utilizar las chaquetas que habíamos traído con previsión de frío para taparnos la cabeza a modo de tuareg y protegernos de una posible insolación.

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Subiendo por el sendero de l’Estany de Gerber

Sobre las 16:00, bordeábamos el segundo de los 4 estanques de la ruta cuando un encantador matrimonio de mediana edad, probablemente motivados por nuestra cara de cansancio, nos animó diciendo que ya sólo nos quedaban 15 minutos de subida. Reseguimos entonces el lago para encaminarnos por el margen de un estrecho desfiladero, que seguro había sido ocupado siglos atrás por un río de hielo glacial, pero en el cual sólo quedaban ahora rocas. Unos desdibujados escalones de piedra más y el tercero y más pequeño de los lagos se presentó ante nuestros ojos. En él desembocaba un estruendoso riachuelo que bajaba por el fondo sur del valle, hacia el cual continuamos la marcha. Sí, apenas 20 minutos más tarde de nuestro encuentro, llegábamos finalmente a Gerber. Con 500 metros de longitud, a más de 2.000 metros de altitud y al abrigo de unas faldas grisáceas en forma de cráter, el Estanque nos saludaba con su increíble tono azul turquesa casi transparente. Unos cuantos chavales tomaban el sol en un lateral y otros pocos, los más atrevidos, chapoteaban junto a la orilla, maldiciendo al cielo las gélidas temperaturas del agua. Nosotros habíamos metido en la mochila un bañador con la misma intención pero andábamos un poco contrariados porque un cartel en el primero de los lagos prohibía claramente el baño. Al final, el calor y el cansancio pudieron con nosotros y sí, me temo que nos saltamos las normas y nos bañamos nosotros también.

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Segundo y tercer estanque en el sendero de l’Estany de Gerber

¡Diablos! ¡El agua estaba realmente congelada! Valentina y Jhosselyn se conformaron con refrescarse los tobillos. A mí me costó como 10 minutos, pero al final conseguí meterme entero y aunque tenía el cuerpo entumecido y no notaba los dedos de los pies, la sensación fue increíble. Duraría poco por eso; Dayana y Omar empezaron a juguetear, ahora yo te empujo, ahora yo te tiro, a ver quién se caía antes al agua hasta que evidentemente “se mascó la tragedia”: al caer, Omar se golpeó el dedo del pie con una roca y se le saltó una uña. Lo sé, un golpe tonto en cualquier otra parte y las consecuencias hubieran sido mucho peores y más en un lugar remoto, sin acceso por carretera como aquel, pero bueno afortunadamente sólo se quedó en eso. Además debo decir que, pese al claro gesto de dolor, aguantó como un campeón y no se quejó demasiado, aunque claro, recorrió todo el camino de vuelta cojeando.

Después del incidente, el ambiente se enfrío irremediablemente y fue cuando decidimos recoger nuestros bártulos y volvernos al coche. Por segunda vez aquel día, caminaríamos todos en silencio, cada uno a su ritmo, enfrascados en nuestros propios pensamientos mientras sorteábamos los obstáculos físicos del camino. Yo sabía que poniéndolo todo un poco en perspectiva, no podría tildar aquel día de fracaso estrepitoso, habíamos tenido nuestros momentos de pasarlo bien y disfrutar, sin embargo en aquel entonces me estaba costando decantar la balanza hacia el lado positivo.

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Estany de Gerber

Pero el camino es poderoso e ingenioso y el tiempo lo pone todo en su sitio. Andaba yo considera que considera cuando llegué casi sin darme cuenta al primero de los lagos. El sol había empezado a retirarse y ahora las montañas se asomaban por encima de las cristalinas aguas creando un reflejo perfecto. Rápidamente saqué mi cámara de fotos y empecé a capturar la escena. A medida que disparaba, una sonrisa iba iluminándome la cara y a los pocos segundos tuve una pequeña revelación: después del año que llevábamos, se nos ofrecía la posibilidad de salir al mundo, de escapar momentáneamente y pasar unos días con los amigos en un entorno único y espectacular y nos lo estábamos perdiendo todo sólo porque algo no había salido como queríamos. ¡Albert despierta! ¡Bienvenido a 2020!


A partir de ese momento y para el resto del viaje (aún a pesar de todos los dramas, que tampoco proceden), recuperaría mi actitud positiva por naturaleza y conseguiría disfrutar de cada pequeño momento. Aunque el destino quiso advertirme una última vez: llegando ya al parking, el último y retrasado como siempre por mis fotografías, pararía a hacer una última captura y al agacharme perdería la tapa del objetivo. Entre chistes y bromas, volveríamos conduciendo al apartamento y nos acostaríamos reventados por el camino.

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El primero de los lagos y las últimas vistas desde el sendero de l’Estany de Gerber

El cuarto día fue otro cantar. La verdad es que no recuerdo exactamente qué queríamos hacer pero os digo ya que no lo hicimos. Jhosselyn se levantó con un infame dolor en la pierna izquierda que prácticamente le impedía moverse; los únicos pasos que daba, los hacía cojeando. Omar estaba algo mejor pero todavía le dolía bastante el dedo. Se hacía evidente que quizás habíamos ido demasiado lejos con nuestra ambición montañera y ahora estábamos pagando con creces las consecuencias. Discutimos bastante qué hacer aquella mañana. Lo primero era asegurarse de que Jhos estaba bien y no tenía nada más grave; nos ofrecimos a llevarla a alguna consultoría médica, a urgencias, a algún sitio… quisimos ir a la farmacia a comprar alguna pomada o medicamento… Pensábamos quedarnos allí a cuidar de ella, a descansar nosotros también y pasar un día tranquilo… Nada, todo eran negativas tajantes. Ella quería que nos fuéramos, que aprovecháramos el día y la dejáramos allí. Muy considerado por su parte, pero no éramos esa clase de amigos. Entonces alguien pensó que, ya que no podíamos salir de ruta y tampoco se nos dejaba interrumpir el viaje, por qué no aprovechábamos el entorno e íbamos a pasar el día a algún merendero en el campo, al fin y al cabo, teníamos las cartas, spaghetti que habían sobrado del día anterior y todo el tiempo del mundo.

Retomamos la carretera hasta Llavorsí y de nuevo hacia el norte por la C-13. Habíamos pasado ya un par de veces por delante del Embalse de la Torrassa y se nos ocurrió que sería un buen sitio para pasar el día. No sé quién recordó además haber visto una empresa de alquiler de kayaks y pensamos que sería una buena actividad alternativa para aquel día. Después de haber parado junto a la cabaña de la empresa Roc Roi para comprobar sus horarios y sus tarifas y decidir que sería mejor hacerlo por la tarde, continuamos un par de kilómetros más por la comarcal y cruzamos un puente hasta la otra orilla del lago. Nos instalamos en un merendero frente al estanque, junto a una pareja que viajaba en camper y un grupito de amigos un poco ruidosos. Jhosselyn se quedó dentro del coche, estirada en el asiento de atrás para intentar descansar la pierna y nosotros nos pasamos la mañana jugando al Heads Up. No tardaríamos demasiado tiempo en convertirnos nosotros en ese grupito de amigos ruidosos.

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Kayak en el Embalse de la Torrassa

A la hora de comer, sacamos de nuevo nuestros tuppers de spaghetti y al abrirlos: ah, sorpresa, sorpresa. ¡Aquello era incomible! Olía mal y sabía aun peor. No sabíamos qué podía haber pasado, habíamos tenido la pasta toda la noche en la nevera y estaba hecha sólo del día anterior, no podía ser que se hubiera puesto mala tan rápido. No nos habíamos traído más comida y no teníamos ningún restaurante o chiringuito cerca así que tuvimos que coger el coche y volver al apartamento. Allí descubrimos que la nevera no acababa de funcionar y apenas enfriaba, suerte que no teníamos nada importante dentro. Al final, acabamos comiendo a las 16:00. Por la tarde, dejamos a Jhosselyn descansando en el apartamento, tal y como nos había pedido ella, y volvimos a la Torrassa. Alquilamos tres paddle boards y un kayak y nos metimos en el agua (Roc Roi tiene descuento con el carnet jove, anótese para la próxima). Lo pasamos bien durante un buen rato pero después la historia se repetiría una vez más en aquella especie de viaje-batalla por los Pirineos: Jugando, jugando, ahora te empujo yo, ahora te tiro yo, acabamos cayéndonos todos al agua y esta vez nadie salió herido más que nuestras cuentas corrientes: Valentina perdió un momento de vista sus gafas graduadas y ya no volvió a verlas más, se ahogaron en el Pirineo. No fue lo único, al volcar el kayak, se nos llenó de agua y empezó a hundirse. Tuvimos que subirnos los 4 a los paddle y arrastrar como pudimos el kayak hasta la orilla, donde logramos vaciarlo para volver al muelle. Una hora más tarde, un poco más quemados por el sol, un poco más húmedos, un poco más pobres, pero con nuestro característico sentido del humor irónico prácticamente intacto, regresábamos a Ribera de Cardós.

Al llegar, los dejé en la casa y yo salí con el coche a explorar un poco la zona; sentía que necesitaba un tiempo a solas para reflexionar sobre todo lo ocurrido y al mismo tiempo para no pensar en absoluto. Sin saber muy bien a dónde iba, tomé una estrechísima carretera que me condujo hasta el diminuto pueblo de Surri, habitado por no más de 20 vecinos y una coqueta parroquia de origen románico llamada Santa Coloma de Surri. Desde su pequeño cementerio en la parte trasera, se abrían unas vistas espectaculares de todo el Valle de Cardós y de nuestro pequeño pueblo, Ribera, con sus tejados de pizarra negra y sus muros de piedra centenarios, allá abajo en la base de todo. Después seguí subiendo un poco más por la carretera y me paré en un apartadero con vistas a la vecina villa de Bonestarre. Estando allí completamente solo, de pie con mi cámara de fotos y con vistas a aquel espectacular paraje, olvidé por un momento la pandemia, las mascarillas y los geles higienizantes, olvidé incluso las gafas perdidas y las piernas dañadas. Sólo estábamos la puesta de sol y yo.

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Ribera de Cardós, Bonestarre y  Surri al atardecer

Con el último rayo de sol, el viento empezó a soplar y las temperaturas comenzaron a descender vertiginosamente. Mucho más relajado, centrado y conectado, cogí el coche y me bajé al pueblo. Antes no lo había visto pero a la vuelta pasé por el Espai de Memòria de Catalunya sobre los Bunkers franquistas de la Guerra Civil, uno de los puntos de la ruta que resigue todas las construcciones defensivas que el bando nacional construyó por todo el Pirineo en los años 40. No lo llegaría a visitar personalmente pero había leído sobre ello anteriormente y creo que es una opción de turismo más que interesante si pasáis por la zona.


Saltamos directamente al séptimo y último día de nuestro viaje por los valles del Pirineo Catalán. Los dos días anteriores merecen mención aparte así que dispondrán de su propio artículo. Casi recuperados emocionalmente de todo el viaje, pero igualmente agotados físicamente por todo el viaje, nos levantamos por última vez en nuestra casa de piedra del pequeño pueblo de Ribera de Cardós. Este último día conseguimos madrugar finalmente y sobre las 8:45 ya estábamos saliendo por la puerta y subiéndonos al coche. Antes habíamos desayunado, terminado de preparar la comida, empacado todas nuestras cosas, barrido y fregado y sacado la basura y nos dirigíamos ahora a Espot con la intención de visitar el pendiente Estany de Sant Maurici. Volvimos a recorrer los 9 kilómetros que nos separaban de Llavorsí y a tomar la comarcal hacia el norte. A aquellas alturas, el camino ya me lo sabía de memoria y casi podía tomar las curvas con los ojos cerrados (cosa que no hice, claro). El Noguera Pallaresa, la Hidroeléctrica, el Embalse de la Torrassa, la estación de servicio, el ramal LV-5004, el río Escrita, su cascada, las curvas y finalmente Espot. Esta vez no paramos, sino que continuamos todo recto hacia el oeste y tomamos la estrecha carretera de Espot a Sant Maurici.

Km 1181. Parking Llac de Sant Maurici. ¡Lo conseguimos! ¡Llegamos a tiempo! De hecho, mi sensación fue que no hacía mucho que habían abierto porque todavía había relativamente pocos vehículos y pudimos elegir sitio sin problemas. Tomamos nuestras mochilas y nos lanzamos a caminar. Ya en este punto primerizo de la ruta nos separamos; Dayana y yo fuimos al baño antes de empezar mientras el resto se avanzaba, pero se avanzaron tanto que les perdimos la pista hasta casi el último tramo de la ruta. En cualquier caso, el sendero se inicia con un tramo de pasarelas de madera bajo altos ejemplares de pino negro que resiguen el riachuelo Escrita. El camino es llanero durante un rato hasta que se cruza a la otra orilla por un puente de madera y empieza una ligera y corta subida.

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Primer tramo del sendero Estany de Sant Maurici

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Río Escrita

Pronto se deja el abrigo de las copas y se sale a camino abierto. El paseo continúa junto a la orilla derecha, mientras se cruza una especie de valle cubierto por prados de flores silvestres y arbustos verdosos y se atisban, al oeste, las espectaculares cumbres puntiagudas de la Sierra de los Encantados. Dayana y yo caminábamos animadamente, charlando de cualquier cosa y dejándonos adelantar por montañistas que se habían decidido a subir corriendo. Reinaba un cielo azul celeste moteado con esponjosas nubes blancas. El clima era perfecto, cálido pero no asfixiante. Corría una ligera brisa que no acababa de enfriar. El silencio era sólo interrumpido por los sonidos del bosque y las atropelladas conversaciones del resto de visitantes. Poco a poco comenzamos a remontar la progresiva pero apacible pendiente. Volvimos a introducirnos en el bosque y aquí la pendiente se hizo algo más brusca y el camino más empedrado. Poco después llegamos hasta Jhosselyn. Intuyo que había recorrido sin mayores problemas todo el camino pero que este último tramo le estaba costando un poco más. La inflamación y el dolor habían casi desaparecido, nos contó, pero seguía cojeando un poco. Con Valentina nos encontramos en la recta final del camino. Omar nos estaba esperando ya en la base del lago.

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Sendero Estany de Sant Maurici, con vistas a la Sierra de los Encantados

Llegamos a Sant Maurici sobre las 10:30 de la mañana, apenas una hora después de haber salido del parking. Su enorme tamaño y su espectacular belleza aguamarina y verde esmeralda, rodeada de bosques y montañas, nos atraían hasta su orilla. Nos quedamos allí sentados observando el ambiente un buen rato mientras devorábamos nuestros bocadillos del desayuno. Los excursionistas recién llegados en todoterreno o a pie se iban congregando en aquella plana junto al puesto de vigilancia. Algunos, muy pocos esta vez, osaron meterse en las frías aguas del lago. No quisiera yo obrar como un hipócrita sancionando ese comportamiento cuando nosotros nos habíamos saltado las normas a consciencia unos días atrás en Gerber, pero allí el cartel de prohibición era mucho más grande y visible, había mucha más gente y la guardia forestal rondaba los alrededores. Hubiere que tener un poco más de sentido común muchachos.

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Estany de Sant Maurici

Al rato de estar allí sentados, culo inquietos como somos, empezamos a mirarnos y a pensar: ¿y ahora qué?. Muchos visitantes no paraban en el lago, sino que seguían por el camino que lo bordeaba en dirección a alguna otra parte. El mapa que llevábamos marcaba otros lagos más arriba en el valle, que debían de estar a una hora u hora y media de distancia: La Ratera, Llosas, Amitges… Jhosselyn no se sentía en el suficiente buen estado como para seguir subiendo y nosotros no queríamos dejarla allí “tirada” y sola mucho rato, así que como siempre, nos decantamos por una opción intermedia. Nos decidimos por visitar la Cascada de Ratera, a una media hora de distancia y a mitad de camino del segundo de los lagos. Un camino relativamente fácil, un poco empinado y pedregoso, pero nada comparado con lo que ya habíamos recorrido y nos encontramos en la base de la espectacular catarata. Había bastante gente allí amontonada esperando para hacerse una foto. Nosotros nos pusimos en un rincón y esperamos a que se vaciara un poco la escena, precaución ante todo. Con el pertinente postureo hecho, Dayana, Valentina y Omar se encaminaron de vuelta a Sant Maurici pero yo me quedé en la zona un poco más. Quería llegar más arriba y fotografiar la cascada de más cerca. Tan cerca me puse, de hecho, que acabé empapado, pero todo mereció la pena. Desde aquellas rocas oscuras algo resbaladizas bajo la catarata, había unas impresionantes vistas parciales del Estany de Sant Maurici y de los frondosos bosques de pino negro a su alrededor que se esforzaban por aferrarse a las faldas de las montañas. Algo más de 20 minutos pasaría embelesado con el paisaje hasta que me decidí a volver con mis amigos.

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Cascada Ratera y vistas de Sant Maurici

Me los encontré medio estirados en el suelo, con cara de cansancio, acalorados y a pesar de ser sólo la 13:00, también muertos de hambre. ¡Comamos pues! Reconozco que, pese a “no tener mucha hambre”, no quedó ni un sólo grano de arroz en mi tupper. Descansamos un rato más e iniciamos el camino de vuelta al coche. Nos apresuramos bastante más en el descenso pues unas nubes negras acechaban por encima de los montes, amenazando con descargar lluvia en cualquier momento. Era nuestro signo terminar el viaje con la llegada del mal tiempo. Más allá de eso y tras todos los kilómetros caminados, los paisajes de infarto, las iglesias, los tuppers y algún que otro drama, iba apeteciendo relajar la marcha, llegar a casa y tumbarse un rato en el sofá a hacer absolutamente nada. Realizaríamos, por eso, una última parada antes de regresar…

Km 1288. Balses Coll de Nargó. Valentina había dado con ellas casualmente hacía algunos meses mientras buscaba por Internet sitios donde ir a bañarse y habíamos conseguido mediar para meterlas en el planning del viaje. Tras dejar Espot, cogimos la carretera de nuevo en dirección a Llavorsí y de aquí sin desviarnos hasta Sort. Remontamos la N-260 hacia la Seu d’Urgell y nos desviamos en Adrall hacia el sur por la C-14. En el pueblo de Coll de Nargó hay que seguir por el ramal L-511 un par de kilómetros y tomar el desvío junto al río de Valldarques. Aprovechando el desnivel y la forma escalonada de las rocas, este forma unas charcas naturales de agua cristalina que son muy frecuentadas por los locales en épocas estivales. Para llegar hasta ellas, hay que dejar el coche aparcado en un lateral de la carretera y bajar la pendiente caminando. Jhosselyn decidió quedarse una vez más en el coche y los cuatro bajamos a echar un vistazo. El ambiente estaba muy animado: una familia había montado varias mesas y sillas de picnic plegables y tomaban el aperitivo, un grupo de niños jugaba a la pelota en medio de la charca, más arriba, otros cuantos tomaban el sol y disfrutaban de la tarde… Fuimos a cambiarnos detrás de un seto y nos pusimos los bañadores. A Valentina no le apeteció en el último momento y se quedó guardándonos las cosas. Aunque el agua estaba algo fría, vino muy bien para refrescarnos y quitarnos la pesadez del viaje de encima… pero no llevábamos ni media hora cuando se presentó la policía en el lugar. Todo ocurrió muy rápido: la gente empezó a correr alborotada a nuestro alrededor recogiendo sus cosas y nosotros salimos del agua como pudimos y empezamos a cambiarnos. Un par de agentes con cara de malos amigos se nos acercaron y nos dijeron que si no sabíamos que allí no se podía estar y que recogiéramos y nos fuéramos rápidamente si no queríamos que nos multaran. Agachamos la cabeza sin entender nada, salimos corriendo casi sin poder ponernos las zapatillas, nos subimos al coche y volvimos a la carretera.


Ahora, muchos meses después de lo sucedido, vuelvo a indagar por Internet en busca de respuestas. En los comentarios de Google Maps hay cientos de críticas positivas y algunas pocas de hace dos o tres meses que indican que la policía ha acordonado las Balsas. Investigo un poco más a fondo y en la sección de noticias averiguo que el ayuntamiento, siguiendo las recomendaciones del gobierno y el consejo provincial, decidió cerrar el área para evitar aglomeraciones y prevenir el contagio del COVID. Aunque es completamente lógico y razonable, nosotros evidentemente no lo sabíamos y no vimos ningún tipo de señalización, pero para aquellos que estéis pensando pasaros por allí estos meses, sabed que hasta nueva orden, está prohibido.


Junto con Beyoncé, Romeo Santos y también Bad Bunny, recorrimos el resto de los 148 km que nos separaban de Sabadell, bromeando de nuevo sobre lo ocurrido aquella tarde y durante todo el viaje. Algo desconcertados, cansados pero quiero creer que habiendo disfrutado el conjunto de la experiencia, regresamos a casa y se terminó nuestro periplo por los valles del Pirineo catalán. Un final que no cierra todavía esta serie de artículos pues aún quedan muchas anécdotas que contar y muchos lugares que descubriros en aquel norte montañoso. Pero para eso, amigos, tendréis que esperar al año que viene.

¡Buenas fiestas, feliz año nuevo y nos vemos en 2021!

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Volviendo al coche tras visitar el Estany de Sant Maurici

Pd: Próximamente el resumen “viajero” del 2020.

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