Reflexiones post-Erasmus, la historia de un viaje introspectivo

Para ustedes: mis compañeros, mis amigos, mis hermanos. Para vos, Argentina.


Inicio del viaje.

Todavía recuerdo la primera vez que les dije a mis padres que me quería ir de Erasmus a Argentina. Tenía 18 años y hacía poco que había empezado el primer año de carrera e incluso menos, que había descubierto la posibilidad de salir de Europa para hacer un intercambio. Siempre había soñado con irme de Erasmus cuando llegara a la universidad, pero nunca se me había ocurrido que podría irme tan lejos. Yo no sé por qué me atrajo tanto aquella idea. No lo había estudiado en profundidad, no tenía ni idea de cómo sería la experiencia, no conocía a nadie que lo hubiese hecho antes, en fin, no era una idea lógica y racional a los ojos de nadie. Quizá fuera por eso precisamente, no lo sé, pero me atrajo, me atrajo mucho. Diría incluso que me obsesioné con ello. Mi madre me miraba con medio desinterés, no sé si pensando que con el tiempo se me pasaría esa locura o creyendo que nunca se cumpliría. Pero mi padre fue tajante: “¡¿Qué dices niño?! Quítatelo de la cabeza porque no te vas a ningún sitio y menos a Argentina” No sé si esas serían sus palabras exactas pero en mi cabeza resuenan así.

Pasaron los meses. Cumplí 19 años, terminé el primer curso, me fui de viaje a Irlanda… pero yo seguía empeñado en irme de intercambio a Argentina. Empecé el segundo curso de Turismo emocionadísimo; ese mismo mes de noviembre se abrirían por fin las plazas para irse de Erasmus en el curso siguiente. Yo ya había ido dejando escapar durante meses que quería presentarme e insistía en Argentina. Mis padres seguían desconformes, pero habían ido soltando las riendas poco a poco al ver que aquel sueño loco de su hijo ya no era tan loco y que sí se podía cumplir. Unos pocos días antes de abrirse el plazo de inscripción, nos sentamos toda la familia a cenar y yo volví a sacar el tema. No fue fácil pero logré convencerlos, por fin, de que aquello era lo que quería y de que tenían que dejarme hacerlo. Sólo me pusieron una condición: me lo tendría que pagar yo mismo. No había dinero para las dos cosas: la matrícula universitaria y encima una estancia de 6 meses en un país extranjero, así que tendría que espabilarme por mi cuenta. ¡Trato hecho!

Estimé un presupuesto y trabajé muchísimo para ahorrar todo el dinero. Fui muy hormiguita y juro que había momentos en que pensaba que no lo conseguiría, pero no me di por vencido. Al final me fui, me pagué el viaje yo solo y gasté prácticamente todo lo que había ahorrado en año y medio, pero puedo decir, sin lugar a dudas, que fue el dinero mejor gastado de toda mi vida.

Mientras tanto, continuaba con mi vida normal: iba a estudiar, trabajaba, hacía ejercicio, salía con mis amigos y poco a poco (muy poco a poco) iba organizando el viaje de intercambio. A mis amigos les costó un poco más aceptar que me iba. Yo les conté desde un principio cuáles eran mis planes y mis intenciones para el siguiente curso. Me conocen bien, saben que adoro viajar y que siempre estoy en las nubes soñando con algún rincón lejano, así que no se sorprendieron; pero tampoco aceptaron la idea del todo. Lo bueno de que el proceso sea tan largo es que, no lo decides hoy y te vas mañana, sino que pasan meses, dándole tiempo así a tus allegados para hacerse a la idea y despedirse. Durante ese tiempo me fueron preguntando: “oye, ¿y aquello de Argentina qué?” Yo les contaba que tenía que rellenar tal formulario o contactar con tal oficina, pero imagino que para ellos seguía siendo un proyecto imaginario muy a futuro de su amigo el loco por los viajes.

Lo curioso del caso es que ni yo mismo terminé de asimilar que aquello estaba sucediendo y que me marchaba. Como digo, fue muy largo y hubo que trabajar paso a paso mientras yo seguía con mi vida cotidiana. Claro, me daba cuenta de que se acercaba la fecha y de que cada vez, tras cada formulario y petición, estaba más cerca de lograr mi objetivo, pero no me podía hacer una idea de lo que implicaría el alcanzarlo. Seis meses en un país extranjero sólo eran fechas, un concepto, un sueño en mi cabeza, un proyecto en un papel vacío. No sabía qué iba a significar realmente dejarlo todo y marcharme, pero estaba a punto de averiguarlo.

Despedidas.

Una noche quedé con unos amigos para cenar. En aquel momento debían de faltar un par de meses para irme. Recuerdo perfectamente aquella conversación; la amiga a mi izquierda me soltó la repetida: “oye, ¿y aquello de Argentina qué?” Yo les conté que ya me habían aceptado en la universidad de destino y que aquella misma semana ya iba a comprar los vuelos. Y entonces, muy sorprendida, emocionada y afligida al mismo tiempo, me soltó: “Ah pero, entonces, ¿es verdad? ¿te vas?” “Sí, me voy”. No recuerdo qué ocurriría después, si hablamos más sobre el tema, si nos abrazamos… pero sí me doy cuenta de que aquel momento supuso un antes y un después. Ellos no fueron los únicos que entendieron y aceptaron finalmente que me iba sino que, para mí, también fue la primera vez que lo decía en voz alta: “me voy”; que lo decía en voz alta sabiendo y entendiendo perfectamente que aquello significaba alejarse completamente de todo lo que había conocido hasta el momento para seguir mi propio camino. No lo sabía entonces pero en los siguientes meses nuestros mundos girarían a velocidades completamente distintas.

Y así, sin quererlo ni beberlo, terminó la cuenta atrás y me desperté un 18 de julio de 2019 con las maletas preparadas y el pasaporte listo. La semana anterior había sido una locura y a duras penas había podido mediar para encajar todas las comidas, cenas, fiestas y mañanas de playa y despedida en mi agenda. Gracias al cielo, mis amigos y yo no somos del “lagrimeo” y del “sensibleo” y en aquellos últimos días no hubo discursos peliculeros, revivencias de nuestros mejores momentos juntos, abrazos colectivos, ni peticiones de que me quedara. Sólo en este viaje me he dado cuenta de cuánto odio las despedidas. Simplemente quedamos unos cuantos para tomar algo, charlar, reírnos y desearme que aprovechara aquella experiencia porque estaban seguros de que iba a ser una de las mejores de mi vida. De aquella manera, no supuso para mí una catástrofe dejarlos a todos allí y marcharme, sino que me cargué de buenrollismo, energía positiva y muchas ganas de empezar aquella nueva aventura. Os quiero y os doy las gracias por hacerlo más fácil.

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La última foto antes de irme a Argentina

En el aeropuerto llegó el turno de las despedidas familiares. He de reconocer que fue un poco más duro que con mis amigos, al fin y al cabo, eran mi padre, mi madre, mi hermano y no iban a estar. A partir de entonces y hasta año nuevo no los iba a tener cerca. Nos besamos, nos abrazamos fuerte y tras un buen rato, me despedí y me metí en el control de seguridad. Tampoco entonces hubo lágrimas pero sí un vuelco en el corazón. Momentáneo, porque a pesar de la crudeza y el dolor de la despedida, también estaba a punto de empezar una aventura extraordinaria. Me subí al avión con una mezcla de emoción, expectación y tristeza y con los niveles de adrenalina a mil.

La llegada a Argentina y el grupo de españoles. 

14 horas sentado en un estrecho asiento (encima me tocó ventanilla y tenía que pedir permiso para levantarme) dentro de un armatoste de metal a 10.000 metros sobre el suelo, más una escala de 4 horas en Londres, la verdad hicieron que una vez en Buenos Aires, mis niveles de adrenalina, emoción y expectación estuvieran por los suelos. Tampoco tuve mucho tiempo de parar a evaluar lo sucedido, mirar a mi alrededor y aceptar que estaba en un nuevo país y que esa iba a ser mi casa durante los siguientes seis meses. Mis primeras horas en el país fueron algo caóticas y un anticipo de lo que sucedería los días siguientes. Ya os conté en este artículo qué ocurrió en esas dos primeras semanas así que no me voy a adentrar demasiado en ello.

Lo que fue determinante para “dejar atrás” o “dejar apartada” mi vida en casa y empezar esa ansiada aventura, fue precisamente conocer a un grupo de españoles. Llegué a Buenos Aires un jueves por la mañana y el lunes ya teníamos la reunión de bienvenida e inicio de curso. Allí había alumnos de todas partes pero un grupo bastante numeroso, éramos españoles. No recuerdo cómo surgió la cosa, quién se acercó a quién, quién propuso la idea pero al final acabamos todos, más dos o tres francesas que hablaban muy bien el castellano, yendo a una cafetería a tomarnos algo. Llevábamos muy pocos días en el país y quién más, quién menos, todos teníamos anécdotas que contar. Pero cuanto más rato pasaba, más largos se hacían aquellos silencios incómodos entre conversaciones. Lo analizo ahora, meses después y me doy cuenta de que no llegué a conocer a aquellas personas en absoluto. No nos contamos quiénes éramos, de dónde veníamos o qué queríamos de la vida y de aquella experiencia de intercambio. Cierto es que hubiera sido muy intenso ponernos a contarnos nuestras vidas de buenas a primeras, pero nadie mostró ninguna intención por conocer a los demás un poco mejor. Lo único que teníamos en común era nuestro país de procedencia. Y ahora comprendo, aunque suene quizá demasiado frío, que no queríamos estar en aquella mesa y que, en realidad, no nos interesaba lo más mínimo conocer a aquellas personas. Nos habíamos cruzado medio mundo para vivir aventuras y conocer “otras cosas”, no para sentarnos en una mesa a recordar a nuestras familias, amigos y a nuestra querida tierra. Pero al mismo tiempo, teníamos miedo. Aquel grupo era nuestra última zona de confort ante una Argentina desconocida. Antes de levantarnos e irnos, creamos un grupo de Whatsapp y prometimos quedar para tomar algo o salir de fiesta. Las dos primeras semanas nos intercambiamos algunos mensajes e incluso algunos llegaron a reunirse de verdad, pero a partir de entonces, la comunicación cesó y nunca más se supo de aquel grupo. En los meses siguientes llegué a cruzarme con alguno de esos españoles pero nunca intercambiamos más de un hola, ni siquiera nos preguntamos qué tal iba nuestro intercambio. Imagino que todos vivimos nuestras aventuras y encontramos aquello que andábamos buscando y al final, no necesitamos volver nunca al “círculo de confort”. Yo desde luego.

Vivir de viaje y vivir fuera del hogar.

Yo no he estado más vivo que cuando estaba de viaje porque, al final, cada día era importante.

Ignacio Izquierdo.

Cuando llevaba ya 3 meses en Buenos Aires, la cajera habitual de mi supermercado habitual me preguntó si echaba de menos España. Antes si quiera de poder considerar la respuesta, mi cerebro y mi boca se aliaron para soltar un rápido y contundente: “La verdad es que no”.

¿No?

Por supuesto, tenía en mente a mi familia y a mis amigos pero, no es que me hubiera cruzado el charco y me hubiera aislado en una comunidad perdida en la jungla sin conexión con el exterior; hablaba con ellos casi a diario y sabía a ciencia cierta que estaban bien y que iban a estar ahí esperándome cuando volviera. Simplemente, no sentía esa impetuosa necesidad de volver y de estar con ellos a toda costa. Al contrario, estaba disfrutando de la más absoluta libertad, “sin reglas, horarios, responsabilidades ni ataduras de ningún tipo” y sentía que me iba a faltar más tiempo para disfrutar de ello; para verlo todo, probarlo todo y pasar tiempo con las personas que había conocido por el camino. Estaba saboreando cada minuto en Argentina con una intensidad que nunca antes había experimentado. ¿Estaba siendo insensible? ¿Es que realmente no le tenía el suficiente apego a todo lo que me aguardaba en casa? No llegué a descubrirlo.

Una vez leí que “el viaje es ese breve periodo entre dos zonas de confort” pero, ¿y si yo me sentía más cómodo de viaje que estando en casa? ¿Y si mi casa era el propio viaje? A medida que pasaban las semanas, había ido notando como los sentimientos de hogar y permanencia se diluían en el tiempo y el espacio. Mis raíces no estaban allá pero empezaba a sentirme parte de Argentina. Pedía al universo que me diera cinco minutos más porque todavía no estaba preparado para despertar de aquel maravilloso sueño. Tampoco me los concedieron.

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Uno de nuestros primeros asados

El viaje me estaba sentando muy bien, no fueron pocas las veces que mis amigos y familiares me lo notaron y me lo hicieron saber en alguna de las videollamadas que compartimos. Yo no fui consciente hasta casi el final del mismo. Había necesitado alejarme de todo y desconectar de mi antigua vida para reconectar conmigo mismo y no sabía cuál era el motivo. Me fue imposible reconocer si estaba buscando algo en concreto o si, por el contrario, estaba escapando de algo. Y si escapaba, ¿de qué lo hacía?. Tenía una buena vida en España, era muy feliz. ¿Lo era? En Argentina, cada día era una nueva aventura. Cada mañana me despertaba pensando qué me depararía el nuevo día y me acostaba rememorando las sorpresas vividas. Tuve días malos, por supuesto. Días en los que me enfadé con mis amigos, días de bajón en los que no quería hacer nada y simplemente no lo hacía y días de extremo aburrimiento dónde me tragué más de una serie y más de dos. Pero en general, vivía cada día a un extraordinario y frenético ritmo de aprendizaje, descubrimiento y diversión.

Los seis meses volaron y no fue hasta mucho tiempo después de volver a casa cuando finalmente “caí en la cuenta” de que había estado en Argentina, de que lo había logrado, de que había cumplido mi sueño después de años y había vivido uno de los mejores momentos de mi vida. De hecho, mientras escribo estas líneas, termino de asimilarlo. “Carpe diem“, “disfruta el momento”. Es curioso porque creo que no había comprendido completamente su significado hasta ahora. No sólo define ese estado dónde uno no piensa en el futuro ni en el pasado, sino que disfruta cada segundo de su realidad; pero es que además, se disfruta tanto del momento que es imposible darse cuenta de cuánto se está disfrutando y de cuál será la importancia de esos momentos en el futuro. Sólo los recuerdos son capaces de verlo. Quizá por eso me guste tanto contar mis experiencias en el blog y quizá por eso, también, se me estén empezando a llenar los ojos de lágrimas y este artículo me esté costando tanto.

Mis nuevos hermanos argentinos. 

Llegué a la Scala el viernes 19 de julio de 2019 a las 12:00. La residencia estaba en completo silencio y no me crucé con un alma en todo el día. María Isabel, la administradora me contó que “los chicos” estaban de vacaciones y que aquel fin de semana empezarían a llegar todos. No sé cómo, no sé quién, pero aquel mismo domingo me invitaron a mi primer asado en la terraza. Resultó que era la despedida de Gerard, otro chico catalán que había estado también de intercambio los seis primeros meses del año. Recuerdo mantenerme bastante silencioso aquella primera comida. Aunque trabajo en ello desde hace tiempo para ir abandonando poco a poco la vergüenza e ir abriéndome cada vez más, es cierto que en algunas ocasiones, cuando acabo de conocer a alguien, soy bastante introvertido y aquella comida fue una de esas ocasiones. A pesar de ello, aquellas personitas se mostraron cálidas en todo momento y me recibieron en su pequeña familia con los brazos más que abiertos.

No tengo recuerdos del proceso, pero en las siguientes semanas llegué a sentirme como en casa y a conocer bastante bien a mis nuevos compañeros. Empezamos a compartir cada vez más tiempo juntos y a ganar más confianza. Se sucedieron comidas, salidas, “estudios”, bromas, más bromas, juergas, más juergas, muchas más juergas… Y así sin más, en algún punto perdido y distante en el tiempo y espacio, sucedió. Éramos un grupo alocado de jóvenes venidos de distintas partes sin aparentemente nada en común, pero sucedió, se fraguó un vínculo, una amistad, más que eso, una hermandad.

Es increíble lo fuerte que pueden ser los lazos que haces con las personas a las que acabas de conocer. Es algo que jamás había experimentado y creo que no era el único en el grupo. “¿Saben?, llevo cuatro años viviendo acá en la residencia y no había pasado nunca que formáramos un vínculo tan fuerte y tan rápido”. Yo jamás había sido una persona que reprimiera sus sentimientos, siempre había gustado de expresarlos libremente, pero estos meses creo que me han arrollado, me han explotado en la cara. Nunca había reído tanto, llorado tanto, disfrutado tan intensamente… Todo me salía a borbotones y sin filtro, de la manera más natural y sana posible. Quizá no pueda decir que haya sido más feliz que en toda mi vida, porque tengo una vida bastante privilegiada y feliz, pero sí que puedo decir que he vivido, he sido y he sentido más intensamente que nunca y eso se lo debo todo a ustedes. A mis compañeros, mis amigos, mis hermanos, mi familia.

No creo que importara cuándo, cómo ni por qué sucedió, yo sólo doy las gracias por ello. Gracias a mi compañero de cuarto Tomi “Vizcacha”, a Agustiño, al rey Nicolás Ariel, a Ro, a Tomi Matir, a Charly, a Maure, a Santi, a Denise, a Mili y a Fer. Os quiero gentuza y os extraño muchísimo. 

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Mi familia argentina

También quiero recordar a otros personajillos que han sido fundamentales en este viaje: a mis compañeros de clase en Belgrano: Ali, Simo, Gonza, Greta, Andi, Anto, Cami, Delfi, Guada, Martu, Mica; también a los amigos de Ro en Arroyo Cabral, que me recibieron tan bien y con los que compartí unas fantásticas navidades: Rubí, Chiara y Fede.

Un agradecimiento muy especial a María Isabel que fue la perfecta y maravillosa anfitriona en este viaje.

Y en general, agradezco a Argentina y sus argentinos por este viaje y todas las experiencias que llevaré por siempre en el corazón. 

Volver a despedirse.

“Gracias al cielo, mis amigos y yo no somos del “lagrimeo” y del “sensibleo”…”

¡Y una porra!

Sólo en este viaje me he dado cuenta de cuánto odio las despedidas.

Porque es en la despedida cuando te das cuenta de qué va todo esto, de qué es realmente el Erasmus; de que el viaje no es Buenos Aires, no es Argentina. Estos son sólo puntos geográficos donde, por alguna razón inexplicable, nos encontramos. Te das cuenta de que el viaje son esas personas con las que lo compartes. De que el viaje han sido ustedes, pelotudos. 

¿Y cómo puede uno marcharse tras haber vivido tantas experiencias? ¿Cómo puede despedirse de la gente a la que quiere sin saber cuándo volverá a verla? Ya os lo digo yo: no se puede.

Creo que en mi vida había llorado tanto como en aquellas tres últimas semanas del viaje. De verdad, yo pensaba que lo iba a llevar bien pero nada más lejos de la realidad. A principios de diciembre la mayoría de facultades empezaron a terminar los exámenes y dar por terminado el curso. Se acercaba el verano en el Hemisferio Sur y la gente empezaba a volver a sus casas para pasar las vacaciones con su familia. La primera semana de diciembre se marchó el primero de mis hermanos de la residencia. Nos reunimos todo en la entrada, nos hicimos fotos, lo despedimos y lo vimos alejarse arrastrando sus maletones. Lógicamente, yo estaba mal y me contuve todo lo que pude. Pero en cuanto se cerró la puerta y nos quedamos todos allí sentados en el patio, empezaron a contar historias y rememorar nuestras aventuras de aquellos últimos meses y un par empezaron a llorar, yo ya no me pude contener más. Lloré, lloré y lloré y aquella noche me acosté llorando. Lo peor era que yo no me iba hasta el 28 de diciembre y en aquellas tres semanas vi despedirse y marcharse a 9 personas más y con cada una de ellas, sentí irse también una pequeña porción de mi corazón. Entre eso y el calor que hizo, no me deshidraté de milagro.

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Mi última foto antes de volver a casa

El día de mi partida lo recuerdo como gris. Quizá hizo sol, no lo sé, pero yo lo recuerdo todo en tonos oscuros. Para cuando abracé por última vez al último de mis compañeros y subí al Uber, ya no me quedaban lágrimas. El mundo pareció desvanecerse bajo mis pies. Volvía a casa pero dejaba atrás el hogar.

Después, algo cambió. Mientras transitaba la autopista vislumbrando los últimos rascacielos de la ciudad y compartía los últimos mensajes de despedida y cariño con mis compañeros; me di cuenta de la gran suerte que había tenido por poder vivir aquella experiencia. Ya lo decían:

No hay que lamentarse porque termina, sino dar las gracias porque pasó.

A las 21:25, hora española, sobrevolando algún punto al este de Brasil, escribí en mi diario: Adiós Argentina, ha sido un inmenso placer.

Aprender a volver.

Es maravilloso volver y reencontrarse con esas personas a las que quieres y que, en efecto, te han estado esperando. Maravilloso volver a la rutina monótona, a que un día sea igual que el anterior y que el día siguiente. Tu cuerpo y tu mente están cansados de vivir tantas experiencias y sentir tantas emociones un día tras otro. Necesitas calma, silencio, normalidad. Pero ese sentimiento sólo dura unas pocas semanas.

Vuelves, pero retomas una vida en la que has dejado de encajar.

Diana Grajales Abellán

La gente te pregunta cómo te ha ido por Argentina y tú no sabes qué responder, por dónde empezar. No sabes si ellos entenderán que han sido los 6 mejores meses de tu vida, ni si se lo tomarán bien. Rebuscas en tu cabeza algún recuerdo memorable que contar pero son tantos que necesitarías media vida. Al final acabas contestando el tópico “ha ido genial y ha sido una experiencia increíble”. “Y por aquí, ¿cómo ha ido todo? Bueno, ya sabes, bien, todo como siempre”.

Pero a ti no te ha ido bien, no te ha ido como siempre, no te ha ido genial, no ha sido una experiencia increíble. Esos 6 meses te han cambiado la vida para siempre. Te has dado cuenta de que el mundo es infinitamente más grande que la burbuja donde vives y que ya no te basta con ella. El mundo ha seguido girando para tus más allegados, pero tu no has girado con ellos. Entonces empiezas a compararlo todo con Argentina. Vas a comprar pan y “en Argentina había…”, quedas con tus amigos y “en Argentina hacíamos…”, vas en el metro y “en Argentina era….” Es gracioso porque cuando llegué a Argentina lo comparaba todo con España y mis nuevos compañeros siempre me daban la lata con que ya no estaba en casa. Supongo que siempre queremos lo que ya no tenemos.

Pero el tiempo pasa, la vida avanza y tu debes avanzar con ella. Tienes que seguir estudiando, tienes que seguir trabajando y tienes que seguir viviendo esa antigua nueva realidad. Y es aquí cuando aparecen todos los miedos: ¿Qué pasa si ya no puedo sentir como antes, si ya no puedo emocionarme como en Argentina? ¿Y si no vuelvo a ver a mis amigos? ¿Y si ellos pasan página y se olvidan de mí? o peor ¿Y si paso yo página y me olvido de ellos y de la vida que tuve?.

Y entonces llega la vida y te da una fuerte bofetada de realidad. Llega una pandemia global llamada Coronavirus y te obliga a quedarte en casa, a aislarte de tus amigos y a pausar tu vida. Y empiezas a pensar que qué horror tener que pasar por esto, pero que qué suerte tengo de haber vivido lo que he vivido, qué suerte tengo de haberlos conocido, qué suerte tengo de existir en esta realidad y en este mundo. Al fin y al cabo, esto pasará, volveremos a salir, volveremos a juntarnos, volveremos a ser nosotros, quizá con muchas más cosas aprendidas y por supuesto, volveré a Argentina para volver a vivir nuevas experiencias con mi gentuza.

 

 

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