Versalles, el sueño del rey sol

L’état, c’est moi (El estado soy yo) es una de las frases históricamente atribuidas a Luis XIV, monarca impulsor de tal fascinante y rica construcción a las afueras de París. ¿Sentencia de un hombre absolutamente ególatra o creencia de quien creció  pensando que era hijo del mismísimo Dios? Puede que ambas… en cualquier caso la locura o el sueño de transformar el antiguo pabellón de caza de su padre en un magnífico palacio que albergara estancias para toda la corte y crear un símbolo del poder real – también de la represión del Estado – que fuera un ejemplo para el resto del mundo llevó a esta figura, una de las más poderosas de su tiempo, a edificar uno de los monumentos más bellos e increíbles que cualquiera pueda imaginar. Tantas escapadas a la ciudad de las luces (4 en total) y no fue hasta el año pasado cuando por fin visité este gigantesco y esplendoroso palacio.

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Palacio de Versalles y Estanque de Apolo

Salimos de nuestro hotel en el 18th arrondisemment (así es como llaman a los barrios en París) bien pronto aquella mañana y nos metimos en el metro. Habíamos leído en Internet que las multitudes se amontonaban en extensas colas a la entrada del palacio y queríamos evitarlas a toda costa, hacía demasiado calor para estar de pie bajo el sol. Nos acercamos hasta la estación de Champs de Mars Tour Eiffel y esperamos al RER (una especie de ferrocarril de cercanías) que nos llevaría a Versalles y cuyo billete especial hay que comprar previamente. París es una ciudad estupenda para ver a pie, pero llevábamos más de 30 kilómetros andados en los apenas 2 días que llevábamos allí y fue realmente un alivio sentarse un rato y disfrutar del traqueteo de aquel vagón de madera. No nos hizo falta ningún mapa para orientarnos una vez en la villa, simplemente seguimos al resto de la gente y en poco más de 5 minutos nos vimos ante las impresionantes puertas doradas.

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Puertas del Palacio de Versalles

Llegamos en el momento justo, los visitantes empezaban a hacer cola y pusimos paso ligero para colocarnos los más adelante posible. No tuvimos que esperar mucho para entrar, pero mientras tanto fuimos plácidamente regados por un tractor que “escupía” agua sobre la multitud para sobrellevar aquel calor de principios de verano. Francia tendrá muchas cosas malas – o eso dicen – pero una cosa es segura: miman mucho al turista. En la mayoría de monumentos, excepto por supuesto en la torre Eiffel, los europeos y los más jóvenes o pasan gratis o tienen grandes descuentos y en este caso entramos con tan solo enseñar el DNI. Tras el chequeo, iniciamos la visita en la plaza delantera. De ahí pasamos a los salones interiores y después al piso superior. A pesar de la gente que ya había por todas partes, no me costó imaginar a condes y duquesas ataviados con coloridos y pomposos vestidos y brillantes joyas doradas paseando por aquellos enormes y suntuosos salones de mármol blanco y detalles en pan de oro (aunque ver la serie Versalles me ha ayudado mucho en eso). Pero sin duda mi salón favorito y algo me dice que también el de Luís XIV es la Galería de los Espejos. Esas brillantes lámparas de araña, esos altísimos techos abovedados, esos infinitos murales que contaban las pericias de los reyes del pasado… Simplemente espectacular.

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Galería de los Espejos

Después de eso, estatuas griegas y romanas, escaleras de piedra y mármol, portones ricamente ornamentados y tapices de mil y un colores se fueron sucediendo uno tras otro en amplios salones de recreo y largos pasillos durante más de una hora. En el piso superior nos aguardaban las estancias privadas del rey. Relativamente pequeñas en comparación con el resto de la construcción, pero igualmente opulentas y decoradas con muebles rococó bañados en oro y enormes y coloridas camas de bisel. No alcanzo a comprender cuanto podría costar una cosa como aquella en nuestros días. Realmente vivían rodeados del lujo con mayúsculas. Seguimos la  visita  paseando entre familias y parejas llegadas de todo el mundo, que ya empezaban a atestar las estancias y los luminosos corredores, hasta que salimos finalmente a los jardines, sin duda la joya de la corona. Si a uno ya le cuesta hacerse una idea de la magnitud del edificio, le será imposible advertir hasta donde llega aquel enorme vergel, a la altura del mismísimo Jardín del Edén. Descendimos las escaleras de piedra frente al estanque de Latona y nos adentramos en un laberinto de parterres y bancos de piedra en busca de alguna zona sombreada.

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Corredor en el interior del Palacio

Y así anduvimos un buen rato recorriendo aquella parte de la propiedad hasta que, hacia mediodía, llegamos al fastuoso Estanque de Apolo. El calor era ya sofocante a aquella hora y nuestros pies nos dolían como si hubiéramos estado andando descalzos. Miramos a lo lejos y desechamos al instante la idea de seguir adelante. No habíamos visto ni un diez por ciento de las 800 hectáreas que ocupaban los jardines y estaba claro que no nos las íbamos a acabar aquel día. Nos sentamos un rato a descansar bajo un árbol y desandamos nuestros pasos en dirección a la salida. Ahora que vuelvo la vista atrás quizá me hubiera gustado pasar unas horas más desenterrando los misterios de aquel fascinante y asombroso lugar, pero aquella mañana fue más que suficiente para quedar totalmente cautivado por el esplendor de un palacio, que más tarde sería escenario de la caída de una larga dinastía. La historia siempre juzga a los monarcas absolutistas de tiranos y opresores y quizá tenga razón, pero la grandeza y la opulencia de lugares como este hace replantearse muchas cosas. Muy probablemente nobles y reyes vivían en una burbuja de privilegio de la que era imposible salir, “atrapados” en una jaula de oro ajenos a toda realidad. Es cierto: no hicieron nada para combatir la miseria y la desigualdad de la época, pero estoy casi seguro de que nosotros, de haber nacido en Versalles, tampoco lo hubiéramos hecho. Pasado, pasado está. De cualquier forma es una enorme suerte poder visitar un lugar tan deslumbrante como este y ser testigo de la historia que rezuma cada rincón del palacio de Versalles, un sueño que se hizo realidad.

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Jardines de Versalles

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